
Una vez superado por el consumidor el temor a dar su dinero a un banco sin sede física en prácticamente ninguna ciudad, carece de sentido abrir ninguna sede, a no ser que sus directivos sientan el impulso irrefrenable de aumentar sus beneficios a cualquier precio y de convertirse en “todo para todos”.
No obstante, independientemente de que su “eslogan” no sea ni mucho menos acertado, el poder de su idea de negocio (banca por Internet) ha hecho que dicha marca, ING, en la mente del cliente signifique “el primer banco en Internet”, la cual es sin duda, además de diferencial, una idea preferente pues el consumidor asocia directamente a esa idea una automática reducción en los costes bancarios y aumento en los beneficios recibidos por sus aportaciones económicas a sus cuentas personales. Eso es lo que el consumidor esperaba con un concepto de banca como la que proponía ING, y eso ha sido lo que ING ha ofrecido a sus clientes.
Pero ahora están a punto de dar un paso orientado hacia el desenfoque de la marca. Recordemos que el posicionamiento es “sacrificio”, es decir, debemos renunciar a algo para tener un significado rentable y fuerte en la mente de los clientes potenciales. Lo que hacía fuerte en la mente a ING era su renuncia a ser un banco con sede física. Eso lo diferencia del resto de las entidades bancarias que han intentado copiar su concepto sin ningún éxito.
Bien, pues ese sacrificio está a punto de pasar a mejor vida con la apertura de sedes físicas en las diversas ciudades españolas. ING ya no será el primer y único banco 100% en Internet, pasará a ser como BANESTO (que tiene i-banesto, su sucursal en Internet) y SANTANDER, que también la tiene.
Y es que la apertura de sedes físicas es de suponer que acarreará el aumento de determinados costes para el cliente o determinadas reducciones en los beneficios de los depósitos de los clientes, y por tanto el producto dejaría de ser igual de atractivo para el consumidor final. ING acabará por diluir su significado diferencial en la mente del cliente, aquello que lo hacía único y preferente para los consumidores potenciales.
Son buenos tiempos para el “seamos todo para todos”, y malos tiempos para las marcas.









